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Hace hoy una semana que lo vi, y aún no sé lo que vi

Cuando mi familia y yo llegamos al Terreno después de nuestra aventura canaria, estaba todavía funcionando el Tamtán, y fue poco después que se aprobó la polémica ley antitabaco, que después de cuatro años en vigor —quién lo diría— ha resultado ser un éxito. El Tamtán ya no existe y ya nadie habla de esa ley, pero como aquí tienen cabida presente, pasado y futuro de nuestro maravilloso barrio, aquí les dejo uno de los primeros cuentos que escribió Mateosaurus para la ocasión. Ahí va:

fumando

Aunque reconozco que soy de los que piensan que la palabra prohibir suena a eructo de tirano, no quisiera caer —así, en público— en la tentación de polemizar sobre el asunto del humo del cigarrillo. Dejé de fumar el día 22 de febrero de 1985 y les juro que ni siento deseo de echarme una calada, ni pretendo tirar a la basura los ceniceros de mi casa para joder a mis amigos fumadores (bastante caros se han puesto ya los amigos como para ponerles condiciones…).

Tengo que reconocer, sin embargo, que hace una semana ocurrió algo que cambió mi opinión… Bueno, en realidad no la cambió, sólo aumentó mi confusión acerca de ese y otros asuntos, incluido el sentido mismo de la existencia.
Pues iba yo rumiando para mis adentros lo difícil que se había puesto aparcar en la calle Robert Graves, cuando levanté mi vista y divisé el cuerpo serrano de una señorita apoyado contra la entrada del club Tamtán. La señorita, pintada como una puerta, cuarentona, de un metro treinta y cinco, y unas 250 libras, lucía un vestidito de los llamados “au ras du bonheur”, que le cubría justo hasta una cuarta más abajo del ombligo.
Por lo visto, la ley antitabaco también debe aplicarse en afterhours, lupanares y barras americanas, y nuestra amiga había tenido que salir para hacer un alto en el camino y fumarse un pitillo. Abstraída en sus pensamientos no se percató que el mechero resbalaba entre sus dedos y acabó cayendo al suelo.
En ese momento yo debía de estar a unos seis metros y aproximándome, y mi cuerpo entero se estremeció cuando la chica intentó recuperar el encendedor… sin flexionar las rodillas.
Con su popa orientada hacia Andratx, pude distinguir siete surcos que surgían de donde, se supone, empieza la cara oculta de los muslos. Desde ese lúbrico punto se dispersaban como si fueran los rayos de un sol de carne, dejando entremedio hasta seis rollizos mondongos de un blanco lechoso casi inmaculado. Les aseguro que no llegué a distinguir matorral.
Ahora me asaltan las dudas: ¿qué surcos eran tramoya, y cuál era funcional? ¿gastaba ropa interior, … y si así era … dónde estaba? y sobre todo… ¿qué sentido tiene una ley que obliga a una señorita que, por definición, fuma y que trata de tú a los hombres, a tener que salir a la calle a las dos de la tarde para cumplir con una de las obligaciones propias de su oficio?
El episodio se cerró con un cruce de sonrisas (la mía titubeante), pero ahora puedo afirmar que gracias a la ley antitabaco mi vida nunca, nunca, nunca volverá a ser la misma. Seguro.
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El Bar de la Quarantena

La época de Víctor y Mercedes no la he conocido (aunque he oído hablar de ella), pero sí la de Toni, y muchos la echamos de menos…

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Esta foto no sé de qué año es (pero tiene unos cuantos) y yo no había regresado todavía de mi aventura canaria, de todas formas algunas de las personas que salen no han cambiado nada: (de izda a dcha) Joan, Tady, Toni, Rocío, ?, Mirari, Miki, Sergio.

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Estas dos fotos son del 8 de noviembre de 2013, último día de puertas abiertas del bar -qué pena-, y aparecen, además de algunos de los de la foto anterior: Mateo (Mateosaurus), Patricia (una servidora) y nuestra hija Pili, todos ellos supervivientes del volcán de Bellver

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En la actualidad.

El volcán de Bellver

 

Este relato lo escribió hace unos años Mateosaurus, y lo publicamos ahora como homenaje a dos personas del Terreno que ya no están entre nosotros, y porque la noche de San Juan está prácticamente a la vuelta de la esquina. Sergio Nicoli fue músico (teclista del grupo I Meteors) y durante verias décadas actuó en Titos y en otros locales de la zona. Era asiduo del bar de la Quarantena. Jaume Pomar, poeta, fue residente en el barrio sólo los dos últimos años de su vida, pero pudimos disfrutar de su compañía en las tertulias del hotel Victoria y otros bares cercanos. Va por ellos:

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Las once y veintitrés minutos. Ya es noche cerrada, pero el resplandor del magma hirviendo mantiene la ciudad iluminada. Cerca de la parroquia de la Salud algunas beatas polacas corren con los hijos del padre Andrzej entre sus brazos, mientras sus antaño rubias cabelleras —ahora teñidas del mismo tono pero con todas sus puntas abiertas— arden como antorchas que iluminan la escalinata que les llevaría directamente a la avenida Joan Miró… si no fuera porque antes de que eso ocurra madres y niños caerán prisioneros de la lava.  Musculosos búlgaros del gimnasio del Fight Club lloriqueando como señoritas, guapos senufos con su oscura y copiosa prole en cerrada formación, eternas preñadas empujadoras de cochecitos jané nacidas en aldeas cercanas a Tetuán que —con las prisas y por primera vez en sus cortas pero bien aprovechadas vidas sexuales— olvidaron el hijab sobre la mesita de noche, orondas putas de voz cazallera y acento de Dos Hermanas gritando el nombre de unos chulos que, hace ya rato, abandonaron la Yedra —botellín de cruzcampo en mano— en dirección a Porto Pi, y algún frustrado candidato a estrella del reguetón… todos corren, como alma que huyera del mismísimo Satanás, por la calle del Lleó abajo.

Tres viejas han quedado atrapadas entre los contenedores de basura de la esquina de Georges Bernanos con brigadier Ruiz de Porras, y se desgañitan al unísono con un lastimero “Bestard! Oh! Bestard!!” intentando llamar la atención del que creen es el hombre que prepara bocadillos en el “berenar” de la esquina. En realidad, con su mala vista, han confundido al bueno d’en Jaume con un ilustre inglés de aspecto afeminado y en albornoz que, desorientado y aturdido, acaba de abandonar el hotel Aries en dirección a la colina del castillo. El mulato, que hasta hace unos minutos había sido su yunta, ha conseguido refugiarse en el bar Michel donde, cual orquesta del Titánic, un sensual camarero sigue poniendo combinados baratos al ritmo que le marca Lady Gaga.

El río de lava corre ahora sin freno cuesta abajo por la calle Lanuza y se bifurca al llegar a Robert Graves. A su grupa cabalgan coches medio quemados con gente dentro, muebles viejos en combustión y, sobre una bandeja grande de latón, tres gatos que maúllan de dolor y saltan por turnos cada vez que sus patitas tocan la abrasadora superficie metálica. En el cruce, los coches siguen el camino recto, pero el azafate de los mininos bailarines ha tocado la esquina del horno y ahora se dirige a golpe de miaus hacia el hotel Victoria. Gatos, bandeja, un escúter grande que estaba allí aparcado y varias decenas de metros cúbicos de ardiente sustancia han acabado precipitándose escaleras abajo dentro del billar dominicano, donde se han oído gritos y luego silencio.

Hace un buen rato que la lava —del tipo pahoehoe según los expertos vulcanólogos que ahora copan los telediarios— ha alcanzado la avinguda Joan Miró a través de todas las callejuelas que bajan desde donde hace tan sólo unas horas estaba el castillo de Bellver. En la plaza de don Pau Gomila y sus aledaños se ha acumulado ya tanta masa volcánica que apenas se vislumbra el Kebab o las oficinas de Piñero; en la planta baja, un puñado de informáticos mal pagados pelea en la oscuridad por alcanzar algún ventanuco redentor que nunca encontrarán. Sin embargo sólo un par de metros más arriba, el cristal roto de una ventana deja escapar —esta vez sí— un río de cucarachas que ha conseguido vadear el cadáver despatarrado de la, hasta ahora, histérica propietaria del piso.

Los laterales de la discoteca Tito’s bombean lava por los mismos callejones en los que un par de yonquis armados con navajas acostumbraba a desplumar a  imprudentes turistas lituanos. Los chorros de magma viscoso saltan ahora de forma violenta salvando lo que, en el pasado, fue el talud que separaba las primeras casas del Terreno de la mismísima orilla del mar, permitiendo así que desde el Paseo Marítimo los más atrevidos gocen —poco antes de expirar— de un panorama similar al que volverán a ver muy pronto, cuando traspasen las puertas del infierno.

La lámina de fuego salta ahora uno a uno los carriles del paseo, abatiendo las palmeras muertas que hace meses asesinó el picudo rojo. El contacto del magma con el agua del mar produce una violenta cortina de humo que apenas deja entrever los restos de aquellos grandes yates con griferías de oro cuyos dueños, ahora en pleno mes de junio, todavía se encuentran a miles de kilómetros tostando sus pellejudos culos en alguna playa del océano Índico. Tampoco se ven pasar aviones por encima de Can Pastilla.

Las plazas de Remigia Caubet y del Mediterráneo se han convertido en sendas plataformas de roca hirviendo que, unidas por el Reial Patrimoni, han transformado el parque de la Cuarentena en una isla verde que, casualmente, da cobijo a docena y media de terreneros con sus niños y sus perros. Es la noche de San Juan y la erupción les ha sorprendido en una torrada con dos kilos de butifarrones dulces y picantes, una hermosa sobrasada vieja, un  camaiot hipertrofiado y bien cosido, un costillar entero de cerdo, xulla a discreció, siete kilos de sardinas para los que se inclinan por el pescado o tienen problemas con el colesterol, cinco panes morenos, un ramallet de tomàtigues de la huerta de Encarna y su marido, tres litros del excelente aceite virgen de arbequinas de la marca  Verderol, refrescos variados y veintitantos litros de vino tinto del Plà que Miqui y Mirari han traído desde Santa Eugenia. También hay espárragos trigueros, berenjenas, calabacines, champiñones, patatas de Sa Pobla, un tuper de ensalada de pimientos asados, dos cocas de trampó y otra de perejil y dos ensaimadas rellenas de nata y sobrasada con calabazate.

La señorita Veiret y el poeta Pomar han logrado traspasar el círculo de fuego dos segundos antes de que este se cerrara, siendo sin embargo testigos de la estúpida muerte de cuarenta ruidosos y tatuados jovenzuelos que habían acudido hasta las puertas del Boulevard con el objetivo de montar un botellón. Los horrendos crujidos causados por la explosión de sus botellas de alcohol barato y la de sus hinchados intestinos sobrecogen a todos los presentes, que rezan un respetuoso responso.

A pesar de toda la tensión acumulada, varios niños de otros tantos colores —algunos de los cuales van disfrazados de dimonis— juegan a pegar pelotazos contra el mosaico de la pared de los retretes y ponen repetidamente en peligro el enorme frasco de mojo picón que con tanto mimo ha traído Toni el calvo. El otro Toni —el del bar— sale al paso con el bigote torcido amenazando con requisar el balón, pero un rebote fortuito e inoportuno manda el esférico más allá de la valla y acaba derritiéndose como un trozo de manteca en la sartén.

A la luz de la luna llena y del fulgor del magma se agolpan angustiados Rocío, Toni el calvo, Encarna, su marido, Pep el de la perra Eli, Miqui, Mirari, Mateo, la señorita Veiret, el poeta Pomar, Toni el del bar, Sandrita y su esposo, la imaginativa Blanche, Tady el de Okinawa y dos rumanos que pasaban por allí. Se echa en falta a algunos habituales que han debido quedarse en casa o que, dios no lo quiera, han sido barridos por la erupción. Alguien se lamenta de la ausencia de Sergio Nicoli en el preciso momento en que la voz del pianista italiano se deja oír con cierta claridad ¡Es él, sin duda! Pero… ¿Cómo ha podido llegar hasta la Cuarentena? La respuesta la encuentra Miqui que comprueba que los gritos de Nicoli salen ahogados de un camión de mudanzas que ha llegado flotando sobre el veloz río de lava y que ahora se ha estrellado contra la valla del parque, rompiendo cinco de sus barrotes.

El mismo Miqui, Pep el de Eli y los dos heroicos rumanos se encaraman entonces con agilidad felina a la caja del camión, consiguiendo abrir de un martillazo el portón trasero que deja escapar el pesado piano de cola que transportaba. Por fortuna, unas Washingtonias viejas y medio chamuscadas amortiguan la caída del pesado instrumento, cuya tapa barnizada a muñequilla súbitamente se abre, dejando al descubierto el escondite del amigo Sergio. El italiano salta entonces hasta el suelo sacudiéndose el polvo mientras saluda efusivamente a todos los presentes.

Angustiados pero hambrientos, los supervivientes de la Cuarentena deciden en votación a mano alzada dar cumplida cuenta de las viandas. La buena noticia es que no hará falta encender la plancha y, gracias al fulgor telúrico procedente de las entrañas de la tierra, los asistentes llevan a buen puerto la mejor torrada que se recuerda. El vino hace entonces su efecto y los comensales se relajan por completo y cantan todo el repertorio de canciones compuestas para ocasiones como estas. Desde rajadas rancheras de Chavela Vargas, a canciones populares sin padre conocido, como “El vino que vende Asunción” o “Desde Santurce a Bilbao”, pasando obviamente por las coplas de Quintero, León y Quiroga.

Cuando por fin Sergio Nicoli y el poeta Pomar se deciden a tocar al piano Qualsevol nit pot sortir el sol a cuatro manos, el astro rey asoma su hocico al otro lado de la bahía, el cono de bellver deja súbitamente de escupir lava y todo el mundo aplaude. La crisis ha terminado.

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Calles citadas en la historieta.- A: Castillo de Bellver; B: barrio del Terreno; C: Puerto Deportivo; 1: Parque de la Cuarentena o Quarantena; 2: Plaza del Mediterráneo; 3: Plaza de Remigia Caubet; 4: Plaza Gomila; 5: Paseo Marítimo; 6: Calle de Robert Graves; 7: Carrer del Lleó; 8: Carrer de Lanuza; 9: Calle de Ruiz de Porras; 10: Carrer de Georges Bernanos.

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Locales, empresas y garitos citados en la historieta.- 1: Bar del parque de la Cuarentena; 2: Parroquia de Nuestra Señora de la Salud; 3: Fight Club; 4: Berenar Bestard; 5: Bar Michel; 6: Boulevar Mediterráneo; 7: Horno del Terreno; 8: Oficinas de Piñero; 9: Discoteca Tito’s; 10: Hotel Victoria; 11: Billar Dominicano; 12: Hotel Aries; 13: Afterhours la Yedra.

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Jaume Pomar
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Sergio Nicoli

Porto Pi en 1900

Gracias ante todo Johny por permitirme el honor de participar en este magnífico blog, y para estrenarme me gustaría compartir esta bonita foto familiar de finales del siglo XIX, tomada en una vivienda (yo diría mansión) situada en el barrio terrenero de Porto Pi.

En el fondo se entrevé Ca’n Salas y la Torre Paraires.

Espero que os guste

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