Archivo de la etiqueta: Historia

Tarifa de Carruajes

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TARIFA DE CARRUAJES-A (640x480)

Fotos cedidas por Carl Sagan 2016.

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HMS Argus I49, GB 1918/1944

HMS Argus, el primer portaavion 1920 BAHIA DE PALMA-A (640x480)

BAHIA DE PALMA 1920.

Fue el primer ejemplo del actual patrón de portaaviones, al ser primero del mundo en tener pista completa de prácticamente la longitud del buque.

Tipo Portaaviones
Iniciado 1914
Botado 2 de diciembre de 1917
Asignado 19 de septiembre de 1918
Baja Diciembre de 1944
Destino Desguazado en 1947
Características generales
Desplazamiento 15 750 t estándar
Eslora 143,3 m
Manga 25,9 m
Calado 6,9 m
Armamento • 4 cañones de 101 mm
• 4 ametralladoras antiaéreas de 12,7 mm
Propulsión • 4 turbinas de vapor Parsons
• 12 calderas
• 4 hélices
Potencia 20 000 cv
Velocidad 20,75 nudos
Autonomía 4370 mn a 16 nudos
Tripulación 401 marineros y oficiales
Aeronaves 20
[editar datos en Wikidata].

Texto de wikipedia 2017.

Foto enviada por NYKU 2016.

Bellver: lugar trágico y folclórico en 30,09,2017

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Patio central del Castillo de Bellver, característico por ser circular.

J. SERRA

No hay edificios mucho más representativos de Palma que el Castillo

Durante unos años viví frente a una fachada que conserva el rastro de algunos disparos efectuados durante la Guerra Civil. No había nada tétrico en eso, y por otra parte dudo que estuvieran catalogados ni protegidos por ninguna institución, pero inevitablemente acababan funcionando para mí como un registro discreto de que el pasado de la ciudad, ligado al del país y al del continente, ha tenido pasajes crueles. En la ventana de ese piso pasé bastantes horas perdiendo el tiempo, mirando a la calle (un amigo suizo me dijo una vez que ese era el signo de la gente que no es de gran ciudad; no lo sé), esperando a alguien… Lo mismo que hay no-lugares, existen los no-momentos, vacíos incrustados en el día a día; suelen ser felices. Los míos desde luego lo eran, y eso que, desde esa ventana, el local en la planta baja de la fachada de enfrente me recordaba que existe la autodestrucción (aquel bar cantaba a cocaína), y los desconchados del tercer piso insistían en que a los seres humanos se nos da bastante bien la destrucción colectiva. Todas esas miserias son formas de adicción, supongo.

El caso es que integrar un pedazo de la memoria colectiva en la propia memoria personal es una forma más de habitar Palma, del mismo modo que comprender la ciudad consiste, entre otras cosas, en dejarle al pasado que tome posesión del propio presente privado. A mí me me gustó tomar conciencia de ello mientras esos impactos formaron parte de mi cotidianidad. Digo que «me gustó» y es inexacto: rememorar la violencia no es una juerga. Con todo, la intimidad con la ciudad exige recorrer sus zonas opacas, especialmente cuando su paisaje está siendo sometido a una constante reducción estética: si es cierto que Palma es belleza, y que esa belleza puede estilizarse y venderse hasta convertirse en icono internacional, entonces los ciudadanos haremos bien en recordar que esa belleza no agota el sentido del lugar, que paraíso turístico no es inmune a la historia. Esta ciudad y esta isla no somos excepcionales: acumulamos los mismos muertos que los demás.

Ayer, la empresa de servicios culturales Mutus inauguró un portal web, http://www.johiera-bellver.cat, en el que los ciudadanos podemos acceder a los documentos de la primera fase de inventario de todos los grafitos hechos por prisioneros republicanos de la guerra civil en el castillo de Bellver. Tomeu Canyelles (un historiador cuyo discurso está contribuyendo poderosamente a renovar la disciplina entre nosotros) me explica que Mutus tiene otras dos fechas importantes por delante: el 14 de octubre se realizará un acto de homenaje a esos prisioneros, y poco después se inaugurará una exposición permanente en la torre del homenaje, recogiendo el fruto del trabajo que este equipo lleva haciendo desde hace meses, especialmente sus comisarias Aina Ferrero-Horrach y Esther Mas. Me parecen noticias importantes, y espero que contribuyan a que Bellver nunca vuelva a tener el mismo significado para ciudadanos y turistas. Mejor dicho: espero que su significado se multiplique, que su condición de escenario trágico se haga patente sin que renunciemos a percibir el castillo y su bosque como un pulmón verde, una arquitectura ejemplar, un recordatorio del triste destino de los ilustrados españoles o el lugar en el que la ciudad se pone folclórica.

No hay edificios mucho más representativos de la ciudad que Bellver. Los turistas lo atraviesan fascinados; allí, en su patio central, he asistido a alguno de los mejores conciertos de esta ciudad. Y allí, a finales de la década de los treinta, tal vez mientras mi joven abuelo se paseaba por la batalla del Ebro (sin hacer nada que pueda pasar por heroico ni por maligno, la verdad), docenas de cuerpos de prisioneros se amontonaban en el suelo en unas condiciones que Canyelles califica de «terribles». Esto es decir ayer mismo. ¿Por qué estamos todavía estudiando las huellas de esa experiencia en el lugar, cómo es que no llevan tiempo registradas, normalizadas, estudiadas? La pregunta es importante.

Canyelles me dice algo que me impresiona: el observador que vaya peinando las paredes de Bellver notará cómo las marcas que un turista hortera trazó hace tres veranos se mezclan con referencias espeluznantes: de pronto, aparece una fecha, «1936», y sabes que has topado con un preso. Los presos mostraban algunas constantes en sus comportamientos: escribían su nombre, su fecha de ingreso, su condición («preso político»), y muy a menudo el pueblo de su familia: Artá, Son Carrió, Son Servera… Sabemos que pasaron por Bellver entre 800 y 1000, y que era un destino cruel, aislado; de momento, el grupo de trabajo ha documentado 770 nombres que presentan destinos diferentes: uno sólo estuvo medio año en Bellver antes de que lo ejecutaran, pero en ese tiempo ingresó analfabeto y salió escribiendo una carta de despedida a la familia; otro se perdió en el anonimato absoluto al ser liberado; a otro lo hemos conocido porque lo cita su amigo Joan Mascaró en su correspondencia. La historia los devoró, y no les protegió de nada habitar un supuesto Paraíso. No es que pudieran o no soportarlo, por recordar esa frasecita manida de la Stein; es que no era un Paraíso y las postales siempre mienten un poco.