JUANITO DE “EL TERRENO”

LA PAGINA DE JUAN JOSE NEGREIRA PARETS.

EL TERRENO - 0720 - ESCRITORES DE EL TERRENO - JUAN JOSE NEGREIA PARETS - FAMILIA NEGREIRA - 1967
Familia Negreira Parets.

Nació el 9 de febrero de 1957

molino (640x480)
EL VIEJO MOLINO

Esta foto es muy significativa para mí. Pues aquí se fraguó la historia de mi vida. En esta minúscula torre, en realidad molino de papel reconvertido en mirador, vivió mi padre los primeros años de foraster jonquetero cuando, además d elibre y sin compromiso, se tenía que buscar las habichuelas cada día. En la planta de abajo y en un camastro vivía él, en la parte de arriba dormía, mejor dicho “La dormía” su antiguo jefe y compañero, del cual lamento no recordar el nombre. Viviendo en este cuchitril (se reírian de lo que nosotros llamaos crisis) conoció a mi madre…. y ahí y así empezó todo.

Juanito de El Terreno.

AVISO A NAVEGANTES
Hola. Si estás aquí es porque eres un buen amigo o amiga (si no lo eres ¿que puñetas haces aquí?) ya que esto es un club privado, pero que muy privado. Para poder entrar en él, además de dejar la ropa en la entrada junto a la mía, teneis que hacer un pacto de sangre (en su sustitución -para eviar infecciones- vale que las tías me deis un beso con lengua y los amigos un apretón de manos- (intencionados viceversa abstenerse).
No lo aconsejeis o informeis de él a nadie que no esteis seguro es un buen (y digo buen) amigo mío, o vuestro que para el caso es lo mismo. Ya que aquí voy a poner cosas muy personales, muy íntimas (además de colgar todas las fotos que tengo vuestras en pelotas).
En serio, esto es como aquella película de James Bond que se titulaba: Sólo para tus ojos.
En diversos capítulos, preveo unos doscientos o algo así, iré poniendo la historia de mi vida a la que, muy acertadamente, he titulado: “Mi biografía inventada”. Porque lo es, pero esto os lo explicaré en su introducción.
De momento, si has llegado hasta aquí es que me aprecias de verdad, porque habiendo tantos partidos de futboll, rebajas de ropa, webs de tías o tíos en pelotas, perder tu tiempo leyéndome a mí es que me quieres mucho mucho.
Y yo también. Espero no defraudarte.

Un abrazo.
Juanito de El Terreno.

La Pandilla.

LA PANDILLA 0002
En una ocasión escribí que no creía en la felicidad como estado, como algo permanente que hemos de alcanzar. Es un mito, como tantos otros. Lo que sí existen son momentos de felicidad, en ocasiones por la mera ausencia de la tristeza o la melancolía. Son esos rayos de luz que nos permiten levantarnos cada mañana, con la esperanza de que ese sea uno de esos días. Y a ciertas edades si vemos que no van a venir, simplemente nos los organizamos. Nos lo montamos.

Como esta foto, como este día. Para mí, que en unos días cumpliré ya casi sesenta, la cosa se va poniendo seria. Es decir, o me los monto por todo el morro, o no me da la gana esperar que surjan sin más. Que si lo hacen, pues bien, cojonudo, pero por si acaso me los organizo yo. Y en estas estuve cuando hace un mes empecé a tirar de agenda: chicos, ¿qué tal un arroz brut en casa de Guillermo y le damos al “te acuerdas de….”?

Fue un éxito, no podía ser menos con ese equipazo de gente maravillosa. Cincuenta años de amistad da para mucho. El arroz de Guillermo insuperable, como él mismo. Cada uno de su casa, de su mundo, de su vida llena de autopistas pero también de caminos sin asfaltar. Todos, con las canas o calvas que paseamos, ya le hemos visto las orejas al lobo. Hemos conocido épocas de rosas pero también de espinas. ¿Qué se le va a hacer? Es lo que hay, no hay más.

Pero todo esto quedó aparcado el pasado domingo 25. Por un día todos cogimos el túnel del tiempo y nos trasladamos a nuestra niñez, a nuestra infancia maravillosa y libertaria. Los recuerdos, las anécdotas ya olvidadas por unos y recordadas por otros iban fluyendo. Las risas, los ojos abiertos y maravillados formaban parte de esta catarsis colectiva de la amistad sincera, honesta.

Ahí estábamos todos, los chicos y las chicas que tanto compartimos. La pandilla. Bueno, todos no, nos faltaba uno, Toniet, quien se nos adelantó y sin pedirnos permiso se nos fue un diciembre del año pasado. Pero que a buen seguro, nos está preparando ese lugar donde nos reencontraremos de nuevo. Todos y todas. Tuvimos la gran suerte de una nueva incorporación a estas comidas educadamente gamberras. La única que nos faltaba: Maribel. A la que tanta alegría me dio volver a verla, que le voy a dedicar un pequeño escrito aparte.

En esta foto está toda mi infancia, todo mi mundo y la escuela donde aprendí. Con ellos conocí como hacer un arco y unas flechas con las matas del bosque, a correr y a saltar, a subirme a los árboles, a meterme en los túneles, a robar fruta (eso sí, con permiso del dueño), a galopar a lomos de nuestras bicicletas, a nadar con cámaras de neumáticos etc etc. En fin, lo que de verdad es importante en esta vida. Y lo es tanto que, cincuenta años después, al recordarlas es de las pocas cosas que me confirman que existen momentos de felicidad.

Toni, Ignacio, Marga, Paula, Maribel, María Antonia, Guillermo y mi tocayo Juanito, Gracias. De verdad. Desde el fondo de mi corazón y de mis recuerdos, los vuestros, los nuestros, los que un día compartimos en un mundo maravilloso e irremplazable. Cincuenta años de amistad es la mejor garantía notarial de todo lo que he dicho. Sólo me queda decir: hasta la próxima.

Vuestro siempre Juanito.

Tolo Rossello copia (640x480)

UNA AMIGA MUY ESPECIAL

En aquellos años de juegos y vivencias infantiles la pandilla, mí pandilla, era el eje central de mi vida y fuente de conocimientos. También es verdad que en mi memoria, cada vez más dada a tomarse días libres, aún perduran los recuerdos de ciertas amistades especiales. Y este es el caso de una persona muy entrañable para mí, cuyo recuerdo me evoca algunos de los pocos momentos de paz y sosiego de mi infancia.
A mis ojos de entonces se trataba de una persona ya muy mayor, calculo que en aquella época rondaría los sesenta. Se llamaba Doña Mercedes y vivía en “Villa Mari-Tere”, justo enfrente de nuestra casa de la calle Amengual, la penúltima a la derecha subiendo la calle Polvorín hacia el bosque. Me imagino que el nombre se lo pusieron sus propietarios, el matrimonio formado nada más y nada menos que por Don Melcior Rosselló Simonet y Doña Esperanza Rubio (ella maestra del colegio Santa Isabel) al nacer su hija María Teresa, a la que todos llamábamos “Marieta”. Luego vendría su hermano Tolo, quien ya de mayor, estando casado y con un hijo pequeño, fallecería en un desgraciado accidente. Los dos hermanos, a pesar de ser mayores que yo, siempre me trataron con mucho cariño y amistad cuando venían los fines de semana y en verano (pues vivían con sus padres en Palma), y por esto siempre les recordaré como dos bellísimas personas. En realidad toda la familia lo era.
Doña Mercedes, ya viuda, vivía con su hijo Don Paco, solterón hasta el final de sus días. Al trabajar éste de electricista durante toda la jornada, ella se lo pasaba prácticamente sola. Por lo que en incontables ocasiones nos hicimos mutua compañía. Para mí entrar en su casa era como hacerlo en un cuento infantil. Ella era persona amable, paciente y dulce en extremo. Me dejaba jugar horas interminables en su jardín, mucho más grande que el nuestro y poblado de enormes y salvajes bosques, formados por un grupo de cañizos y una planta trepadora. También me prestaba la caja de “indios” de Tolo y su maravilloso “Mecano” de metal, con el que me construía desde estructuras de edificios imaginarios hasta naves interestelares, con las que me iba volando a recorrer espacios siderales hasta que su voz me devolvía a la Tierra. Era el momento de la merienda y de sacar sus otros tesoros. Con cariño me servía un vaso de leche y unas galletas (ahora me doy cuenta que las compraba para mí) que me ponía en un platito sobre la mesa camilla del salón. Cuando me lo terminaba iba a buscar los tesoros mencionados. Éstos consistían en unos rompecabezas de cubos de cartón. El agrupamiento de cada una de sus caras formaba un dibujo de películas de Disney. Los años transcurridos me han hecho olvidar prácticamente todos, pero hay uno que se agarra con fuerza a mis neuronas para no marcharse, es la escena de Blancanieves en la que está haciendo las tareas del hogar ayudada por sus amigos los animales del bosque. Ahora cierro los ojos, veo claramente esta imagen y extiendo mi mano hasta coger la de Doña Mercedes, para apretársela con delicadeza y susurrarle con cariño lo muy agradecido que estoy por su amistad, su compañía y su paciencia. Ojalá los abuelos pudieran adoptarse.
Pero cuando esta familia al completo venía a pasar el fin de semana con “la abuela y el tío”, aquello se transformaba para mí en algo que siempre deseé: una familia bien avenida y participativa en los juegos de sus hijos. Formaban una piña que todo lo hacían juntos. Y yo con ellos como un “familiar adoptivo”. Recuerdo perfectamente cuando los domingos por la tarde, todos en el salón alrededor de la mesa camilla, abríamos como si fuera algo mágico aquella enorme caja de Juegos Reunidos Geyper. De ella salían cantidad de posibilidades que íbamos disfrutando una tras otra. Únicamente con la competencia que les hacían una baraja de cartas y aquel enorme y acristalado juego de Parchís y de la Oca. Todos eran disfrutados con alegría, sana competencia y espíritu deportivo. Allí aprendí a contar a base de dados, a matar y a ser eliminado, que tres seises te devolvían a tu casilla de salida, que dos fichas juntas del mismo color formaban una barrera que sólo un cinco te obligaba a abrir, y que de oca a oca se tira porque te toca.
Cuando ahora juego con mi hija de seis años, me es imposible no verles (porque ahí están a nuestro alrededor) como me miran complacidos al comprobar que la enseño tal como ellos hicieron conmigo. Y es que hay aprendizajes de la gente mayor que te acompañarán toda la vida. Y que sólo cuando nosotros somos mayores, e inevitablemente ya los hemos perdido, nos damos cuenta de la de cosas que queremos preguntarles, de todo aquello que si los tuviéramos a nuestro lado les pediríamos una y otra vez que nos contaran. Y, sobre todo, de algo que quizá un día hicimos, yo no lo recuerdo: darles las gracias por su amor y por una vida de trabajo para darnos lo mejor de si.

Vuestro siempre Juanito.

 

MARGARITA,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,

MARGARITA (640x480)

MI AÑORADA HERMANITA
Yo tuve una hermanita, pequeña y efímera como su nombre, Margarita. Apenas había abierto los ojos a la vida y alzado sus manitas pidiendo amor, cuando un maldito error médico segó toda una vida que no tuvo, los pasos que nunca aprendió a dar, los llantos que no la entristecieron y las risas que le demostrasen que la vida vale la pena. Esa vida que no tuvo.
Un maldito error nos dejó sin ella a sus fugaces tres meses. No guardo rencor por el culpable, ni siquiera me importa pensar si eso le jodió el resto de su vida o si se la trajo al fresco. Que más da ya?
Lo que me entristece no es lo que ocurrió, lo que pasó, las circunstancias y los porqués. Lo que de verdad me jode es todo lo que pudo haber sido y no fue. El crecer juntos, aprender juntos de la vida a base de pelearnos y reconciliarnos, de compartir y de discutir, de chivarme a mi madre al verla con su primer novio. De apoyarla al elegir su vida y ofrecerle mi hombro al cagarla. De poderla llamar en mitad de cualquiera de las muchas noches de mis soledades. De crecer juntos y convertirnos en esa putada llamada adultos. De nuestras bodas, nuestros divorcios y nuestras pérdidas, las de verdad, las que joden a la que te despistas y la memoria te machaca con lo que podría haber sido y no es.
Te echo de menos hermanita, aún sin haberte conocido te llevo en mi corazón. Tus tres meses de vida son el vocabulario de tu ausencia. No sé si hay otra parada después de esta, no sé siquiera si esto es un tren o simplemente una calle sin salida. Pero si es verdad que después de esto hay lo que sea, en este lo que sea quiero encontrarte, deseo que estés ahí para cogerte la manita, babearte la cara con los miles de besos que te debo y enseñarte tus primeros pasos, leerte los cuentos que nunca conociste y ponerte Mercromina en tus rodillas llenas de arañazos.
Margarita, nombre de flor. Pero de flor efímera.

Vuestro siempre Juanito.
Juan Jose Negreira Parets.

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5 pensamientos en “JUANITO DE “EL TERRENO””

  1. EL COLEGIO PARROQUIAL
    por Juan Jose Negreira Parets.

    ¿Qué es hoy un colegio? Un recinto lleno de gente amable y con título que se esfuerza en enseñar, y rodeado completamente de padres y madres a la hora de la entrada y la salida. Es muy fácil saber si se trata de un colegio público o privado, basta contar los 4×4 que hay en la puerta, los padres que llevan camisa de manga larga (aunque haga un calor que se te crujen las ideas), o la múltiple variedad de nacionalidades que salen por su puerta. Con la categoría nacional que otorga el salir de un privado o un público, por ejemplo: si sale de un público es un “moro”, si el mismo niño lo hace de un privado es un “árabe”.

    En mi época no había más nacionalidad que la española. Que así nos lo recordaban cada día en San Luis Gonzaga, dirigido por Don Miguel Durán Pastor (donde fui un año), y después en la pública adherida a la parroquia de la Salud y con Don Jaime Campomar como maestro (donde también duré sólo un año). Ambos, y algunos colegios más que conocí (así debía ser yo), tenían en común que, tanto a la entrada como a la salida, sencillamente no había padres. Como mucho algunos que acompañaban a sus hijos a la guardería. Los chicos íbamos solos al colegio. Sí, he dicho chicos y no chicos y chicas como mandan actualmente los cánones de lo políticamente correcto. El asunto es sencillo: o era un colegio de chicos o lo era de chicas, no existían los mixtos salvo en las guarderías. Y efectivamente íbamos solos y volvíamos solos. Para ello usábamos lo que he explicado en un capítulo anterior: la pandilla unitaria. A una hora convenida nos reuníamos el grupo del cole en la esquina de casa. Los mayores les dábamos la mano a los pequeños y, bajo la mirada severa de nuestras madres (siempre las madres) iniciábamos nuestro periplo diario ¡cuatro veces al día! (Los colegios estaban en el mismo barrio y no tenían comedor). Otro denominador común de ambos era la mano larga de los citados educadores. Si bajitos eran los dos, no era menos la fuerza ejercida de sus guantazos en nuestras caras. No es que fuera un deporte diario, pero cuando se practicaba era de Olimpiada.

    Por el camino nos relatábamos la última aventura inventada que jurábamos nos había sucedido, tocábamos los timbres de las puertas y salíamos corriendo (por esto no me enfado cuando me lo hacen ahora), o le robábamos el periódico al mismo buzón cada día. La calle Teniente Mulet se convertía en un río de muchachos procedentes de los diferentes afluentes que eran sus calles adyacentes. El maestro Don Jaime nos esperaba a la puerta con el párroco Don Ramón, y nos hacían entrar de uno en uno y en silencio a la Iglesia de la Salud. Allí el Padre nos daba su arenga matinal y consigna del día. Luego Don Jaime nos hacía subir a la clase (la única que había) en perfecta formación y silencio, que menudo se lo gastaba Don Jaime, de mano fácil y hábil garrote. En más de una ocasión vi y sufrí su habilidad con el palo. Que Dios lo tenga en su gloria, pero que no le deje dar clases allá arriba o le lisiará la mitad del alumnado. Sus clases no se puede decir que fueran magistrales, más bien silenciosas, monocromáticas y temerosas. Lo primero era que el enchufado de la clase izara la bandera que había en la ventana. Lo segundo un dictado con caligrafía, que incluso abarcaba la gótica, sí, la letra gótica (muy germanófilo debía ser Don Jaime), luego los consabidos problemas de matemáticas que le debía pasar un amigo suyo tabernero, pues siempre hablaban de que a una cuba le ponían tantos litros y a las otras cuantos y que si le quitaba éstos le quedaban aquellos. Un galimatías que nunca supe descifrar hasta que, nuevamente, cambié de colegio. El edificio existe, la iglesia también, las escalinatas por supuesto (aunque llenas de verjas), pero ya no bajan por ella un montón de chiquillos felices de obtener la libertad condicional hasta el día siguiente. Y de consolar al compañero al que ese día le ha tocado recibir su dosis de educación cívica, llevándose un chichón a casa.
    Juanito de El Terreno
    https://www.facebook.com/?ref=logo#!/juanito.delterreno.5?fref=ts

  2. Me encanta la descripición que haces de aquellos tiempos de colegio Juanito. Yo me inicié como párvulo (así se llamaba entonces), en la guardería de La Inmaculada, colegio por donde pasamos mis hermanos y donde también estudiaron mis hermanas Rosario (q.e.p.d.) y Cristina. En mi clase estaba la Srta.Albertí, hermana de Padre Albertí de la parroquia y que años después los volví a reencontrar como párroco de Esporlas donde teniamos casa. Recuerdo aquel tiempo en párvulos en La Inmaculada con mucho agrado, las peleas con los vecinos de enfrente el colegio (a pedradas!), el frio del invierno y la llegada de la primavera. Recuerdo que mis hermanas hablaban de la “Co” (Dña.Concepción) y la “Ca” (Dña.Catalina), recuerdo los finales de curso….Luego, como mis hermanos antes, fui al Colegio San Francisco, eso ya eran palabras mayores por la disciplina y las reglas (teóricas…y prácticas que eran las que más dolían cuando te daban!). Toda una vida en ese colegio que igualmente recuerdo con una sonrisa en los labios, mis compañeros de clase, los profesores. Hace años nos reunimos para celebrar el 25 aniversario de mi promoción y ahí estaba el Sr.Ferrando profesor de geografía!…Qué tiempos. Luego mi marcha a Madrid para empezar mi carrera deportiva como nadador en la Residencia Blume….(CONTINUARÁ)

  3. Hola Juanjo:
    Casi se me han saltado las lagrimas al leerte,has hecho que aquí en la península se me agolparan muchos recuerdos de ti, tus Beatles el Colegio Santa Maria, en fin…., una alegria.
    Un abrazo muy fuerte.
    Juan A, Corbalan.

    1. Hombreeee Juan Antonio. Pues claro que me acuerdo de tí, y mucho. De lo bien que dibujabas, del jardín que llevaba tu padre en el paeo marítimo, de las veces que fuimos a tu casa donde aprendí a hacer “arroz Corbalán” (aún le llamo así) con agua, un tomate, dos ajos y arroz jajajaja. Un abrazo viejo amigo.

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