PATRICIA VEIRET

“El evangelio de Pazzis Sureda”

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“Pazzis Sureda”

Treinta y dos años de búsqueda de una felicidad imposible

Como una premonición que determinó cada minuto de su vida, Pazzis Sureda nació en el palacio de un rey enfermizo y sin descendencia. Creció en un ambiente cargado por igual de genialidad, enajenación y miasmas en el que, dependiendo del día y de tu suerte, podías recibir la caricia luminosa de Sorolla o la oscura bofetada del bacilo de Koch.

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La tuberculosis y el arte flotaban por ca’n Sureda como elementos propios de su arquitectura. Su padre, Juan, corría alocadamente de la misa a las tertulias mientras su fortuna se desvanecía. Su madre, Pilar Montaner, era la eterna embarazada, siempre adorada por los ilustres poetas que usaban y abusaban de la hospitalidad de la familia; era también la pintora de vanguardia de cuya paleta podía emanar tanto el atardecer más radiante, como el dolor más amargo y retorcido.

Pazzis fue, tal vez, la más intrépida de sus hermanos, esa legión de niños cuyo alboroto alteraba las siestas de Rubén Darío. Era la niña nacida cien años antes de lo debido, la chiquilla que se miraba en Susana, su trastornada hermana melliza, como en un terrorífico espejo que en ocasiones reflejaba su lado más oscuro.

En este ambiente fértil e inquieto, su instinto para ver la esencia de la gente y de las cosas fue poseyendo su alma, haciendo manar ese mismo genio que había aprendido directamente de su madre y de algunos de los mejores artistas del momento. Dibujaba, esculpía y escribía, sin embargo, con más pasión que todos ellos.

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Hermosa y atrevida, no tardó en ser objeto del agasajo y lisonja de galanes de tres al cuarto dispuestos a dar poco y a tomarlo todo por la fuerza. Con dieciueve años Pazzis sería violada por un pariente cercano que consiguió, además de humillarla, que su propio padre pasara a considerarla una deshonra para la familia.

Embarazada, estigmatizada por el pecado de otro y con los primeros síntomas de la tuberculosis, fue casada deprisa y corriendo con un funcionario de correos más enamorado de la pintura de su madre que de ella misma, y enviada a un pequeño pueblo de Aragón para ocultar el embarazo. Sería este un matrimonio de conveniencia rara vez utilizado, que se hizo especialmente desdichado cuando, tras el parto, fue obligada a entregar a su hija a la inclusa de Zaragoza. El abatimiento y la soledad echaron entonces raíces en Pazzis que, alejada de todo lo que había sido su infancia, veía cómo su marido prefería refugiarse entre los fríos senos de otras mujeres venidas del norte.

Su vuelta a Mallorca y su divorcio no ayudaron a cambiar los prejuicios de su padre, un hombre ya completamente arruinado que pasaba demasiado tiempo buscando culpables ficticios de su desgracia. El calor que Pazzis no encontró en su progenitor, le obligó a refugiarse en su arte; un talento que dejaba entrever tanto en sus tallas y pinturas más cotizadas, como en los humildes broches, fíbulas y pasadores a los que daba forma para poder comer cada día.

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Poco a poco iría integrándose en los círculos de artistas jóvenes de Palma. Un colectivo de pintores que contaba entre sus filas con Francisco Vizcaíno, y su propio hermano Pedro, la convertiría en musa y partícipe. En esa época George Copeland tocaría el piano para ella, Llorenç Vilallonga la cortejaría, y pasaría a ser vecina de artistas como Archie Gittes, Cicely Foster, Natacha Rambova, Eleonor Sackett, su hermano Jacobo Sureda, o Jean-Georges Cornelius, cuya pintura sin embargo aborrecía.

Precisamente, en una de las veladas artísticas de vecinos, Pazzis conoció a Fred O’Hara, un pintor americano con el que poco después se embarcaría en la aventura más feliz de su vida. Con Fred alquilaría un estudio en Toledo y viajaría por el norte de África, tomando cientos de apuntes que más tarde transformaría en extraordinarios bajorrelieves. Fue sin duda su época más fecunda.

Pero, como si la suerte no estuviera nunca de su parte, la inminente muerte de su hermano Jacobo le hizo retornar a la isla, y separarse de Fred. Éste, con el dinero de la beca agotado, regresó a su país. La complicidad que ambos mantenían les hizo prometerse un reencuentro en los Estados Unidos… Pero la planeada reunión finalmente nunca tuvo lugar.

Llegó la Guerra Civil. Y la mente de Pazzis era mucho más compleja de lo que ella misma podía prever… a la vez que trabajaba con ahínco para poder pagar los salvoconductos y pasajes que debían llevarla hasta América, inició una relación furtiva con su amigo Francisco Vizcaíno. En poco tiempo el tímido idilio acabó convirtiéndose en amour fou, y Pazzis inició un oscuro dilema entre lo que realmente le convenía y lo que su corazón ansiaba.

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Pero llegaron los nazis, y una pasión fantasma, y el sarcasmo, la vergüenza, la humillación… Pazzis cayó en una espiral hacia el abismo de la que sólo podía escapar huyendo de España. Tenía los papeles, había recuperado la salud física, sólo necesitaba el dinero que Fred le debía enviar para comprar el pasaje. Pazzis partió a Málaga y quiso enviar telegrama a Fred. No salió bien. El dinero nunca llegó. La vuelta a Mallorca se convertiría en una retirada tan dolorosa como la del ejército republicano que entonces huía derrotado.

A los dos meses recibiría carta de Fred: le anunciaba su boda con una mujer americana, que a fecha de recepción de la carta ya había tenido lugar. Ese día Pazzis miró el cielo y las estrellas por última vez.

Escribió varias cartas de despedida, una de las cuales tenía como destinatario a Francisco Vizcaíno que, después de leerla, voló a Ca’s Potecari para encontrarla ya inconsciente por los efectos de las pastillas que había ingerido.

Dos días más tarde sería enterrada en sagrado, gracias a la conveniente aducción de locura y a los buenos contactos que Juan Sureda guardaba todavía con el clero y el bando vencedor. Es posible que ese intento de maquillar el suicidio para evitar la vergüenza familiar fuese, sin pretenderlo, la aproximación más acertada a la decisión final de Pazzis que, cansada de las vergüenzas del mundo, había tomado la inteligente resolución de volverse loca.

Su alma reside ahora, por decisión propia, en un hermoso ramo de rosas blancas, cuyo trazo y diseño dejó encargado a su último amante y en el que probablemente buscaba encontrar toda la paz de la que no gozó en vida.

Su obra, pocas veces firmada, permanece hasta ahora dispersa y poco conocida, mientras que su inquietante vida ha inspirado capítulos y poemas escritos por Vigoleis Thelen, Villalonga, Melanie Plfaum, Ernest Gaubert o Jaume Pomar…

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El próximo otoño saldrá publicada la biografía de Pazzis Sureda.
Pazzis, el evangelio de Pazzis Sureda es el resultado de la colaboración de dos autores de distintos países, que va más allá de las biografías convencionales puesto que viene acompañada de poesía, dibujos, cuentos, sueños, y digresiones. Will es el nieto de la novelista estadounidense que escribió una novela basada en la vida de Pazzis, Bolero (1956). Ahora es él quien cuenta la misma historia que antaño contó su abuela. Patricia vive en el Terreno con su pareja y su hija, y es descendiente e historiadora de la familia Sureda, con un conocimiento exhaustivo sobre este peculiar clan de artistas y escritores españoles cuyas obras, de no ser por ella, habrían sido perdidas con el paso del tiempo.
Más información:
Twitter:
https://twitter.com/PazzisSureda

Facebook:
https://www.facebook.com/pazzis

Webpage:
http://pazzis.com

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