Archivo de la categoría: Hoteles

Ca’n Barbara Melancolico XXIV

PP-0024 - CA'N BARBARA - HOSTAL ANCORA - HOTEL TERRENO - 19,,-A (640x480)

LOS HOTELES DE CA’N BARBARA 1960.

Foto cedida por Carl Sagan 2014.

Anuncios

Villarrío entre el muro y las torres en 13,11,2017

Villarrío entre el muro y las torres (640x480)

Aspecto que presentaba Can Barbarà a finales de la década de los 90.

Un atardecer del pasado mes de junio, éramos unos recién casados paseando por Palma que de pronto aparecieron frente a Can Barbarà. Nuestro paso se hizo lento, una impresión de bruma se nos cruzó en la nitidez del último instante previo a la noche y bajamos la cuesta que lleva a la explanada del Garito. Para qué: ni siquiera quise memorizar si ahora hay algo o no en el local que una vez fue Villarrío, con sus escaleras lentas donde nos amontonábamos a mediados de los noventa, mientras un negro imponente decidía los turnos de acceso. Nada que escribir, pensé, en esa ausencia miserable. Como en casi toda Palma, Can Barbarà presenta ahora un rincón de ruina inverosímil (muy al fondo, donde a José le rompieron la camisa) y lo demás es lujo obtuso.

Al dar media vuelta, empezando el remonte de la cuestecita, nos cruzamos con tres chicas adolescentes que improvisaban un botellón íntimo y personal. Debió asaltarles el deseo de alguna complicidad con mi mujer (hay algo denso en su presencia que incita a algunas jóvenes a preguntarse cómo serán a su edad), porque nos saludaron con risas, levantando sus tubos de plástico, y una de ellas señaló a otra: «¡Es su cumpleaños! ¡Cumple dieciocho y este verano nos lo vamos a beber todo!». Dudo que cumplieran el reto, pero en ese momento la chica lo dijo porque era feliz. Y recordé cuánto verano me bebí yo en el paso de los diecisiete a los dieciocho: no tanto como quiero recordar, pero es que quiero recordarlo feliz.

My love has got no money, he’s got his strong beliefs.

Recuerdo que en Villarrío, en los noventa, sonaba Camilo Sesto y la gente enloquecía. Recuerdo que sonó el cretino de Bon Jovi. Era, en fin, una horterada de local. Pero en Villarrío pasamos mucho tiempo y fue a sus puertas donde recibí una lección anónima que jamás he olvidado, aunque sólo la he entendido con el tiempo. Sé que me había burlado en voz alta de la camisa chillona de alguien, una catástrofe cromática sin paliativos, y alguien a quien no conocía me oyó y replicó, iluminado:

Cuidado: es cierto que ese tío es un hortera, pero los horteras son gente feliz, sin complejos. Celebran la vida. Lo jodido es ser un pijo. Los pijos están llenos de resentimiento y son malos.

Al fondo de esa frase latía la lucha de clases además de la historia del gusto. Y en los noventa, la clase media no recordaba qué cosa era la lucha de clases. Me ha costado una vida lograr ser un poco hortera, a ratos sueltos.

My love has got no power, he’s got his strong beliefs.

En 1996, la cantante italiana Gala publicó su temazo Freed from desire y yo creo que lo bailó casi todo el mundo que entonces acechaba los dieciocho años: desde luego, lo bailaron pijos y horteras disputándose el espacio de ligue. Cuando pienso en los noventa, da igual cuál es mi música preferida de esos años (mi música preferida no la pienso en términos históricos, sino artísticos); sólo logro vincular la década a Gala y a Everything but the girl. Los segundos le gustaban a mi amigo Pablo, de quien tanto aprendí, y recuerdo la carátula de su Walking Wounded en el piso de su madre. Debía ser el 97.

My love has got no fame, he’s got his strong beliefs.

Los noventa fueron una década cuya Historia disimulaba bien: uno podía empeñarse en creer que no ocurría gran cosa, si había nacido con suerte y estaba encantado de enredarse en su propia saudade. Entre el muro (Berlín) y las torres (Nueva York), los Everything but the girl componían Missing para contarnos que el desierto añora a la lluvia, como el amante que cruza en tren la gran ciudad para merodear un apartamento en el que ya no vive nadie. La añoranza de la Historia iba a acabarse pronto, cuando todos nos lanzáramos a cargar de teleología las consecuencias de una codicia generalizada que atravesó los noventa como ese amante en su tren, con destino a un desengaño.

Want more and more, people want just more and more

Freedom and love, what he’s looking for.

Freed from desire, esa horterada eurodance que resonó en mis noventa es una llamada a suprimir el deseo. Curioso: eran los noventa y, en su realidad tangible, el deseo lo era todo. Un deseo feo, horrible, que travistió de cómplices a sus víctimas: nosotros. Eran los noventa y en ellos, en el 98, cumplí dieciocho años. Buscaba libertad y amor, como el amante de Gala, y pronto me iba a encontrar que las torres se derrumbaban y todo enloquecía y mi ciudad se desvanecía mucho antes de lo que habría sido aceptable, cuando todavía soy joven y debería poder entender qué cojones es esta ciudad que me vio nacer. Aparte, ¿qué clase de nombre era Villarrío para una discoteca palmesana de los noventa? Eso me sigue flipando. Por lo demás, si vuelvo a cruzarme con esa adolescente que hoy tiene dieciocho años, imaginaré que suenan percusiones electrónicas y sólo le diré:

 

http://www.elmundo.es/baleares/2017/11/11/5a06e37ce2704ee31e8b469d.html