Mallorca después del negro Cursach en 12,03,2017

La isla se rindió a la liquidez del empresario que disponía de un ejército de funcionarios armados para ejecutar sus órdenes.

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Tolo Cursach, ante el Tito´s recién comprado en 1994, durante la entrevista con Andrés Ferret. lorenzo.

Cincuenta años después de ‘Sgt. Pepper’s’. Los entusiastas del simbolismo no dejarán de apreciar que el encarcelamiento se produce en el setenta cumpleaños del empresario y en el cincuenta aniversario de ‘Sgt Pepper’s’, el disco de los Beatles que dio nombre a la discoteca de la plaza Mediterráneo inaugurada aquel 1967, donde tocó Jimi Hendrix y que Cursach compró en 1975 para lanzar su imperio con Alexandra’s

La entrada en prisión de Tolo Cursach es tan decisiva para Mallorca como el ingreso en la cárcel de Jaume Matas, si alguien acierta a distinguirlos. Según las resoluciones judiciales, corrompieron a una isla entera. Ambos jugadores de pádel aspiraban al ennoblecimiento social. En ambos sorprende menos el rosario de atribuciones delictivas que el encarcelamiento en sí. Solo uno de ellos es un gran buscador de setas, en la inmensidad con lagos y ánades de su finca de Puntiró.

Cenando con Manuel Vicent en el Paseo Marítimo palmesano, puerta con puerta del Tito’s de Cursach, el escritor narra una anécdota instructiva. “Mario Conde me agarra y me dice que ‘tú que eres amigo de Felipe González, dile que yo soy un negro pero sé que lo soy. En cambio, él es un negro pero no sabe que lo es'”. Siempre con la lucha de clases a cuestas. Cursach sabía desde niño que era negro, hijo del conserje del club de tenis de la burguesía mallorquina. Pagó millones para acceder al Olimpo provinciano que siempre lo rechazó. Diez millones al Mallorca, nueve millones al Baleares, trece millones por un solar junto a Son Espases que le costó el cargo al arquitecto jefe de Cort tras la publicación en este diario. No importa, seguía marginado.

Cursach quería ser aceptado por los millonarios de casta y de ruinas inmobiliarias, pero no quería rebajarse a ser como ellos. Los describía a la perfección:

–Lo peor de muchos mallorquines es que se hacen los tontos y los pobretones, y de colló es de lo único que no podemos operarnos.

La isla se rindió ante la liquidez pornográfica del empresario que disponía de un ejército de funcionarios armados para ejecutar sus órdenes. De policías a esbirros, según el auto judicial con estructura de documental cinematográfico difundido esta semana. ¿Un millón al día? Hecho. Cursach recorría cada noche el circuito de sus discotecas en la Bahía de Palma. Les sorprenderá saber que “Riu Palace es mi buque insignia, le tengo un cariño especial”. Imaginen el golpe a su ego, al haberlo tenido que cerrar en verano.

“Cursach´94: “La droga es el peor enemigo de la noche””

Sacas de billetes arrugados, y un empresario que no se olvidaba de recordar que sus Cursach fundaron Artà, de donde era oriundo. Fue portero de discoteca antes que dueño de la policía. Buscaba la honorabilidad tan desesperadamente, que en los noventa removía su influencia para que Andrés Ferret lo sometiera a una de sus entrevistas dominicales. Lo logró, coincidiendo en enero de 1994 con la adquisición de Tito’s, el tótem de la noche en el Mediterráneo entero. El periodista plantea una pregunta limpia:

–¿En qué nota que la noche ha cambiado?

Cursach entra a matar, no nació para sutilezas:

–La droga está afectando a la noche.

Ferret suaviza el diagnóstico:

–Pero la droga circula por todas partes…

Cursach no se arredra, ha venido a denunciar la lacra:

–Créame, la droga es el peor enemigo de la vida nocturna.

Y se lanza sin frenos, Cursach en estado puro:

–En primer lugar, porque es cara y priva de dinero para otras cosas, como el whisky, que es lo que nosotros vendemos. Además, la gente que se droga se vuelve agresiva y crea conflictos y problemas. Un mal asunto.

Un apóstol de la lucha contra la drogadicción. Los más antiguos recordarán que una década atrás había inaugurado BCM, con las iniciales de Bartolomé Cursach Mas. Sin embargo, el intrépido Ignacio Carrión realizó una subversiva asignación de siglas en El País, donde tradujo por Banco de Coca del Mediterráneo. Han hecho falta tres décadas para que Carlos Durán, uno de los discotequeros maltratados por los policías locales que protegían a Cursach, vea reflejado en un auto judicial que “en la discoteca BCM en Magaluf, la venta de todo tipo de sustancias es desmedida, tanto por los relaciones públicas en el exterior como por los trabajadores de la discoteca en su interior”.

Nada es igual en Mallorca después del negro Cursach. La presión de un auto demoledor solo puede relajarse con la tranquilidad de la dinastía. El pasado domingo, los dos hijos veinteañeros del magnate asistieron a la goleada que el Baleares endosó al colista Eldense. Cinco a cero, llegaron en un flamante Porsche Cayenne, departieron con los directivos en el cóctel con canapés del intermedio.

La caída de un paria intocable no solo ha dejado a Mallorca en suspenso. La prensa centroeuropea habla sin ambages de El Padrino de su colonia insular mediterránea. Cursach anunció meses atrás que el juez seguía sus pasos. Aguardaba una imputación civilizada, una declaración frente al magistrado Manuel Penalva de la que saldría con cargos pero sin cárcel. Tal vez sin pasaporte, ahora que disfrutaba prácticamente de una doble nacionalidad con Brasil, donde las inversiones olímpicas en Rio de Janeiro no habían resultado tan fructíferas como se esperaba. La última vez que hablé con él, su llamada provenía de Sudamérica:

–Te han mentido, no vuelvo a comprar el Mallorca.

Había amedrentado o seducido a titanes políticos y policiales, por qué no podría convencer a un simple juez de Instrucción. Desplegaría la ferocidad de su réplica a Fina Santiago, en la comisión de investigación de Son Espases. La entonces diputada:

–Yo no olvidaría una inversión de 12,5 millones de euros.

–Usted no, pero yo sí.

Claro que Penalva anuncia sus capturas de caza mayor en las redes sociales. Un delincuente habitual todavía tiembla al recordar las palabras que el magistrado le susurró a la oreja, cuando se atrevió a formular una amenaza física inconcreta. En tal caso, Cursach tendría que ensayar su comportamiento en la última acción penal dirigida contra él. Rompió a llorar, pensaba que la imputación dañaba su reputación.

La cárcel anuló la estrategia. Numerosos políticos implicados efectúan hoy consultas previas a los abogados penalistas, del mismo modo que se llena la consulta del cardiólogo tras el infarto de un prócer. En fin, hay que invocar al espectro que sobrevuela este texto. La cárcel fortaleció a Juan March, otro jefe de policías.

 

http://www.diariodemallorca.es/mallorca/2017/03/12/cursach94-droga-peor-enemigo-noche/1196873.html#

 

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